
Sobran las palabras.
Hoy voy a hablar de un tema divertido, para variar.
Quiero hablar de algo que nos ha entretenido a todos en nuestra juventud, compañeros fieles de aventuras en la vida. No, no estoy hablando de las revistas porno, me estoy refiriendo ni más ni menos que a los juguetes.
Los juguetes, por si alguien acaba de despertarse de un coma de 300 años (que ya de por sí tiene merito) y no lo recuerda, son esos pequeños chismes de mil diversos usos que tienden a romperse en cuanto los usas mas de una vez.
En concreto, hoy quiero hablar de juguetes inútiles, juguetes cuya razón de existir es un completo misterio para mi, y probablemente para su inventor también, si no hubiese estado borracho el día que se le ocurrió inventarlos.
Empezaré por el que para mí es el más desconcertante: el hulahop desmontable. Ese aro que va por piezas, y que teóricamente sirve para moverlo en la cintura como si fueses una bailarina de la danza del vientre (llamada así porque su precursor fue Falete, que otra cosa no, pero vientre tiene de sobra) y dar giros por ahí como quien no quiere la cosa, pero la realidad es bien distinta.
Tu montabas el arito, te lo pasabas por la cintura, empezabas a girar como si te hubieses sentado sin pantalones en mitad de un hormiguero de hormigas caníbales… y al primer remeneo eso se desmonta y se queda hecho un montón de piezas otra vez, que te dan ganas de volver a meterlo en la caja y guardarlo en un armario porque ya ha cumplido el ciclo de la vida.
Pero no, como a ti a cabezón no te gana nadie, vuelves a montarlo, lo aprietas bien, te aseguras de que no quede ningún resquicio suelto… y en cuanto le sueltas una mano para pasártelo por la cabeza, se abre.
— ¡Nada, no pasa nada!—
Le pones un poquito de celo (vulgo esa cosa transparente que pega, comúnmente conocida aquí en Murcia como fixo) en las partes que se unen, y hala, ya eres feliz. Eres feliz exactamente el tiempo que tarda en partirse otra vez, tiempo en el que a ti te da tiempo de cagarte en todos y cada uno de los empleados de Mattel.
No te esfuerces, hipotético amigo mío. Aunque le eches Superglue, ese aro va a seguir partiéndose, está programado para ello, es como Terminator pero de plástico del malo. Eso si, arde que te cagas. Dejo a tu imaginación lo que puedes hacer para vengarte.
Otro juguete que yo nunca he terminado de entender del todo es la comba. Quizás el hecho de ser inútil integral me ha causado un ligero rechazo hacia este juguete, pero sigo sin encontrarle la diversión a algo que básicamente consiste en pegarte latigazos en el culo con una cuerda.
¿Que no es así? Pues yo no conseguía hacer otra cosa… ya lo comenté en el monólogo sobre las clases de gimnasia (busquen un poquito, no se lo voy a dar todo hecho), así que no me explayare mas en eso.
Otro juguete que no soporto: los yo-yos. El yo-yo básicamente es un juguete pensado para los niños a los que sus padres no les dejan comprarse un perro.
En serio, es como un cachorrito pero en deforme, y hace más o menos el mismo caso. Tu pilla un perro, átale una correa agarrandole solo con un dedo, deja que corra y tira de la correa para atrás con el dedo, verás que caso te hace. Pues con el yo-yo lo mismo. Además, tiene una frustración interna, y es que si eres bajito como yo, antes de que te de tiempo a levantar la mano para arriba ya se la ha pegado contra el suelo. Yo tenía un yo-yo musical que al girar te deleitaba con una bonita y repetitiva música en plan politono de psicópata. Se llevó tantas leches que acabó formándose un remix:
"Piripi, piriPUNCHpiriPUNCHPUNCH piriririPUNCHpiririnch..."
Eso si, me saqué una pasta vendiéndoselo a los de una marca de atún para la banda sonora de sus anuncios.
Otro juguete que no es de mi gusto personal es la peonza.
Tamaña aberración solo puede ser pensada por una mente malvada y maquiavélica. La de Leonardo Dantes, por lo menos.
La peonza consiste básicamente en un cacho de madera con forma de testículo con una punta en… eso, en la punta, y una cuerdecita que teóricamente sirve para que el testículo se vuelva bailarín. Los cojones, nunca mejor dicho.
Mira que lo he intentado veces, pero nunca he sido capaz de hacer bailar la puñetera peonza. Aun recuerdo la ultima vez que lo intenté, con ocho años. Estaba yo felizmente en la calle con mi peonza nueva, rodeado de vecinos que si que sabían lanzarla y que querían presenciar mi bautizo de… ¿como se llama al lanzador de peonzas? ¿Peonzari? Bueno, eso. Empecé a pasar la cuerda, y venga vueltas, y venga vueltas, y venga vueltas, que me mutilé el dedo del propio roce y tuve que injertarme una salchicha frankfurt, y una vez está la peonza atada y la cuerda mas apretada que Falete en una 38, llegó el momento de lanzarla. Lo único que recuerdo de ese día es estar en un juzgado y que un señor leyese "Se le acusan los cargos de asesinato múltiple por contusiones, perforación, destrozar varios cristales, escándalo publico al rasgarse el pantalón con la cuerda..."
No recuerdo como salí de allí. Me parece que sacando un 6 en el dado.
Otro absurdo entre absurdos: el parchís. Me parece un juego horrible, asqueroso, nauseabundo, digno de destrucción, ¡a la hoguera el parchís! ¡Y su inventor! ¡Y los que juegan! ¡Todos al fuego!
(El autor informa que el párrafo anterior está escrito bajo enajenación mental transitoria provocada por trauma infantil al ser daltónico y que no ha de ser tomada como prueba en ningún tribunal. En caso de duda, consulte a su tanatopractor más cercano.)
Vengo hoy a hablar de un tema sobre el que apenas se han hecho chistes, algo de lo que el ser humano apenas comprende y que por supuesto jamás de los más remotos jamases pasará a ser algo vital en la vida de los seres humanos. Voy a hablar de la tele.
La tele es esa cosa que todos tenemos en el salón y que según van pasando los años tiende a ser mas delgadita. Primero uno empieza con una tele de tubo en blanco y negro, luego llegó el color, y luego empezaron a adelgazar, a adelgazar, como si tuviesen una tenia en el Teletexto, hasta llegar a un punto en el que ocupa más el mando a distancia que la propia tele en si. Yo conozco el caso de una persona que cuando sale de casa pone la tele de perfil para que no se vea y así si vienen ladrones no puedan robarlo.
— ¡Tu, que este no tiene televisor!
—Mierda… ¿Qué hacemos, nos conformamos con esa caja fuerte llena de rubíes?
—Quita, quita, no cojas mierdas… vamos a ver si encontramos la casa de alguien normal. Mira que vivir sin tele… este es asesino en serie fijo.
Pero si la tele resulta fascinante por fuera, aun mas fascinante resulta por dentro. Pero vayamos por partes, viajemos para atrás en el tiempo, y situémonos en el día en el que alguien se compra una tele nueva por primera vez. Tu te acabas de independizar, con treinta añitos recién cumplidos, y te estás instalando en tu maravilloso piso, un ático de 15 metros cuadrados sin agua corriente, ni baño (lógico, ¿para que necesitas baño si no hay agua?), y la cocina es una sartén encima de una hoguera, y te das cuenta de algo fundamental: no hay tele. Coges pues el vehiculo, o el patinete de tus sobrinos si no tienes coche todavía, y te plantas en alguna tienda chupi que tenga nombre de tienda de vender teles.
Y ahí llega la primera dificultad: encontrar una tele buena. Porque tu empiezas a mirar teles, con los cartelitos esos debajo que parecen los que se ponen los famosos cuando dan una rueda de prensa para que no se líe la prensa, que es algo que suele pasar muy a menudo.
—Oye, ¿y esta quien era, Esperanza Aguirre o Falete?
—Falete, hombre, ¿no ves que está el cartelito ahí debajo, mordisqueado por las esquinas?
Y ahí estás tu, ojeando cartelitos que parece que están escritos en ruso, con términos incomprensibles como “Full HD”, “1080ppp”, “Precio: 480 €” y demás cosas para las cual te tendrían que dar el manual de instrucciones antes de comprar la tele si quieres entenderlas, y localizas una que te gusta, grande, con mando, botoncitos, y sale Mariló Montero. Cincuenta veces, además. Pero no hay forma de arrancarla de la pared… ¿por qué las pondrán tan fuertes?
Al rato se acerca un amable encargado y te indica que esas teles son de exposición y que las de venta son las que están justo debajo. Gracias a sus indicaciones consigues comprarla y partes raudo hacia el hogar con la tele en brazos (de hecho, se te olvida que habías ido en coche, tal es la emoción del momento).
Una vez en casa, llega otra dificultad más: conectarla. Tú sacas todas las cosas de la caja… miras la tele… miras la cantidad de cables…
— ¿Pero esto que es, para fustigarme?
Parece imposible que en una cosa tan finita se puedan enchufar tantas cositas. Pero si, hay que enchufarlas todas porque si no la tele pues no furula. Y mientras la estás enganchando te encuentras con el mayor enemigo audiovisual para mí, y mucha gente me comprenderá: los cables de colorines. Esos que tienen un pinchito en la punta y luego un cuerpo gordo de un color que tienes que enganchar en un agujerito del mismo color. Esto esta muy bien si eres un personaje de Barrio Sésamo y le estas enseñando los colores a los niños, pero si eres daltónico como yo, puedes probar cuarenta y cinco combinaciones distintas antes de acertar con los cables y los agujeros.
Y una vez conectada, toca sintonizar los canales, porque si no, pues no se ve. Tú al principio esto lo desconoces, y te puedes quedar un buen rato mirando alegremente la nievecilla de dessintonización. Al rato te aburres, cambias de canal, e inevitablemente dices:
—Que monótona se ha vuelto la programación, ¿no? En todos lados hay pelis porno sin descodificar…
Pero entonces llega algún entendido en la materia y te dice que no, que tienes que sintonizarla para que se vea. Que hay que ver, con lo que te ha costado, ya podía venir sintonizadita ella sola.
Vas a sintonizarla, y te encuentras con un menú con dos opciones: Sintonización manual y sintonización automática. Tu, que te mueres de ganas de estrenar la tele de una puñetera vez, le das a automática, y ya la hemos liado, porque la tele sintoniza al buen tuntún y te pone en el canal 1 Antena 3, en el 2 el canal Nou, en el 3 laSexta, en el 4 TVE, en el 5 la 2, en la 6, la 7, la 8, la 9, la 10, la 11, la 12, la 13 y la 14 la teletienda, y luego ya porno. Y encima, para cortarte el rollo, entre canal porno y canal porno te pone Telecinco, que oye, les gusta mucho dar por culo pero no puede ser considerado canal porno.
Y en los canales he de hacer un inciso para comentar algo que me irrita enormemente de la televisión: los canales que tienen muchos canales distintos, como Antena 3 con sus Neox y Nova y Telecinco con la Siete, Telecinco Estrellas, Telecinco Sports, Boing, FDF, GH 24 horas, y ahora también Cuatro, que ya hay que joderse, o eres un cinco o un cuatro, no se puede tener todo en la vida, coño.
Y tu estás viendo alegremente uno de esos canales repes, una peli de suspense por ejemplo, y sin que tu lo sepas en el canal original pasan a publicidad, pero claro, cuando ahí entran en anuncios, en el canal repe también, de lo cual derivan situaciones como esta:
— ¡Tu mataste a mi padre!
—No, yo soy… ¡Míralos, vente ya, todos estos coches, al Súper Garaje van! Por el ascensor todos subirán, tu ya puedes comprobar, si tu coche a punto está, y si además de color quieres cambiar, en el Súper Garaje lo podrás pintar. ¡Súper Garaje de Micromachines, llévatelo ya!
Y en ese momento, realizamos la acción más inteligente desde que compremos la tele: tiramos del cable de la antena y nos quedamos viendo la nieve que llena la pantalla. ¡Buenas noches!